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Huelga de hombre





Huelga de hombre 
 
Roberto Quesada

"El hombre superior es cortés, pero no rastrero; el hombre vulgar es 
rastrero, pero no cortés." ?Confucio. 

La hora pico que en otras partes se limita más o menos a una hora se 
convierte en tres o cuatro en Nueva York, sobre todo por la tarde.

Por la estación Grand Central en el corazón de Manhattan se ve 
desfilar ríos de gente, un hormiguero como dice mi amigo Guillermo 
Yuscarán.

Y esto se incrementa a medida el combustible sube de precio y el 
transporte público es la otra opción que mucha gente que antes no lo 
hacía ahora está utilizando para dirigirse a sus trabajos.

De todas maneras manejar en Manhattan no es recomendable, al menos 
que se tenga chofer o vocación para serlo: las distancias, el 
congestionamiento, el tiempo que se pierde si por equis razón ha 
habido un accidente o alarma de bomba. Así que por muchas razones el 
transporte público es más saludable.

Así en ese trajín entré al subterráneo, tal como hace casi todo el 
mundo, sin fijarse quién o quiénes van o vienen cerca de uno. En 
segundos se anuncia el cierre de la puerta y el tren se apresta a 
salir. Tocaron a la ventanilla de vidrio del subterráneo, algo 
inusual en Nueva York, y vimos hacia fuera: se trataba de dos mujeres 
jóvenes, blancas, rubias, que en el tumulto no pudieron entrar. Una 
de ellas, con cara de pocos amigos, dijo: ?No olviden que las damas 
son primero?. Es increíble pero estalló la risa en el vagón, el 
subterráneo arrancó y hubo, entre risas, muchos comentarios: ?No en 
Nueva York?, ?Seguramente son turistas?, ?Tengo prisa por llegar a 
casa?. Y esto hizo que unos y otros intercambiáramos opiniones sobre 
el tema. Alguien comentó que si se dejaba entrar a las damas primero 
los hombres terminaríamos llegando a medianoche a tener serios 
problemas con las damas de casa.

Parece sencillo pero no es fácil despertar el sentido del humor de 
los neoyorquinos en una hora en que reina el cansancio y la 
desesperación por volver a casa. Quizá, incluso, parezca humor del 
absurdo. Es probable que así sea en cualquier ciudad grande, 
superpoblada y moderna. El año pasado en Taipei nos disponíamos a 
tomar el tren bala para viajar al interior de Taiwan. Entré mientras 
conversaba con unos mexicanos. Nos sentamos buscando la mejor 
ubicación que nos permitiera tener ventana para apreciar el país. 
Cuando el tren partió una compatriota hondureña nos vio con ojos de 
bala y dijo: ?Aquí los caballeros brillan por su ausencia?. Hasta 
entonces nos percatamos con los mexicanos que quizá por tratarse de 
que ella era mujer esperó que le cediésemos el paso para que entrase 
primero al tren. Esto no provocó sino sonrisas entre nosotros, cosa 
que avivó el odio de la muchacha hacia su contraparte masculina.

Recuerdo todo esto pues pensé que el reclamo lo hacía la compatriota 
porque era primera vez que salía al exterior y quizá poco o nada 
estaba enterada de algunos estragos que ha hecho lo de la igualdad de 
género, pero ahora es la primera vez que escucho a mujeres 
estadounidenses o europeas (al deducir por la pinta) reclamar su 
derecho de la feminidad en Nueva York. Una vez cuando estaba recién 
llegado de Honduras, cedí mi asiento a una mujer en el subterráneo. 
Mi amigo Víctor Moreira, quien fue mi primer guía en la gran urbe, me 
dijo que no volviera a hacer eso, que era posible que me ganara hasta 
el insulto de alguna mujer pues podía decirme que ella no tenía 
ningún problema en ir de pie y que no era ninguna inválida, etc. 
Víctor me llenó de miedo y de allí en adelante aprendí a ceder 
asiento y privilegios en puertas de entradas y salidas solamente a la 
tercera edad o a mujeres en avanzado estado de embarazo. Era como si 
las mujeres se hubiesen puesto en huelga de hombre, como si no 
necesitaran nada de nosotros.

Es probable que en su comienzo, como todas las luchas sociales por 
mejorar el nivel de vida, el movimiento por la equidad de género haya 
tenido que ser bastante radical para poder abrirse camino y proyectar 
la seriedad del caso. Tal vez era un asunto transitorio, tal como lo 
hace una verdadera revolución, que al principio irrumpe con toda la 
fuerza para consolidarse pero que luego tiene que volver atrás para 
corregirse a sí misma en los errores que se cometieron y que por las 
circunstancias mismas de no estar consolidada no fueron capaces de 
percibirse. Quizá también en la revolución de la equidad de género 
esto sea similar, y no es que la mujer haya renunciado ni a su 
feminidad, ni a su delicadeza, ni mucho menos a aceptar un acto de 
cortesía, por supuesto, siempre y cuando el acto mismo no se confunda 
y se crea que se hace por debilidad o compasión por parte del hombre 
hacia la mujer. 

En algunos lugares, como en las Naciones Unidas, se ve, quizá porque 
sea parte del trabajo, con más frecuencia que en otros la cortesía, 
los buenos modales. Eso sí, si se es buen observador, puede 
confirmarse que muchas veces los reflejos de tal atención, de tal 
cortesía, obedecen más al temor hacia el rango superior que a una 
condición sinceramente humana. Puede ser que ese mismo que corrió 
desviviéndose a abrirle la puerta a su superior, destile prepotencia 
contra quienes estén debajo de su rango en la supuesta escala de 
mando. Muchas veces es vergonzosamente triste ser testigo de 
condición tan servil: es ni más ni menos como tener frente a frente a 
un recluta y un teniente. El recluta no lo respeta, le teme.

Habíamos salido de las Naciones Unidas luego de una larga jornada en 
donde el embajador Jorge Arturo Reina había participado en dos 
importantes reuniones, una sobre ?Reconstrucción después de los 
conflictos bélicos? y la otra sobre ?Crisis Alimentaria Mundial?. A 
la salida del edificio se desintegró nuestra delegación y cada quien 
tomó su rumbo. Ibamos con el embajador Reina, yo lo encaminaba (ya 
que en la ruta hacia el subterráneo queda su vivienda) y apreciábamos 
la llegada de la primavera en Tudor City mientras conversábamos sobre 
los temas tratados en ambas reuniones.

Así, de repente, como en una película de terror, apareció una mujer. 
La reconocí y me dio alegría pues con ella y su esposo nos une una 
vieja amistad. De hecho, nos conocimos nada más ni nada menos que por 
el lado de la espiritualidad. Ellos me llevaron a conocer una deidad 
de la India, Sai Baba, y allí en sus creencias me mostraron fotos con 
el gurú, mismas fotos que con el tiempo se materializan 
convirtiéndose parte de ellas en cenizas (¿pueden creerlo?). Se 
trataba de mi amiga Rosa Revenau, quien saludó al embajador con un 
beso y en abierto resentimiento rehusó devolverme el saludo. Le 
pregunté por qué. Dijo que hacía tres semanas me había dejado un 
recado y no le había contestado. Le pregunté si me había llamado a 
casa o al celular. Respondió que no, que quizá a la oficina. A lo que 
le argumenté que mensaje no recibido, era mensaje que no existía. 

Y para mejorar su desplante agregó que sabía que había presentado un 
nuevo libro y que en una entrevista o artículo yo me había mostrado 
arrogante con los hondureños? Nunca fue concreta en el cómo y el 
dónde (porque como suelo decir: uno en Honduras no pelea, se 
defiende), lo que sí quedó evidenciado fue su falta de tacto, 
resentimiento gratuito, desconsideración hacia mí y hacia quien me 
acompañaba. Y como ya esos días navegaba en mi cabeza este artículo 
sobre el tema de la caballerosidad perdida, la cortesía extraviada, 
los buenos modales confundidos o enmarañados en lucha de géneros, 
pensé que esa actitud agresiva de Rosa reflejaba lo que se siente en 
el otro lado ante la carencia moderna de detalles del hombre hacia la 
mujer? y esta anécdota me hace reflexionar que no se trata de 
cortesía entre o de hombre a mujer o viceversa sino que el buen 
trato, la cortesía, los pequeños y agradables detalles no tienen 
sexo, son y deben ser entre seres humanos. Y entre más humanos, más 
apreciamos tanto darlos como recibirlos. 

Ante aquella situación el embajador trató de irse y dejarnos para 
aclarar cualquier mal entendido. Pero yo no quise quedarme, era otra 
vez la hora pico del subterráneo y el cansancio, más la hora y media 
de viaje, no permiten esos lujos de perder el tiempo descubriendo 
vanos resentimientos, además andaba meditabundo sobre lo ocurrido en 
el subterráneo de que las damas primero, sin duda, ese día Rosita 
estaba de suerte?



Nueva York, NY 26 Mayo 2008. 
robertoquesada@hotmail.com





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