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Delincuencial Informalidad




Delincuencial  Informalidad
Por Marlin Oscar Ávila

La sociedad hondureña, como otras, vive la dicotomía de lo formal e
informal.  

Entendiendo por formal lo establecido en las leyes, las normas de
convivencia, de escritura, de lingüística, de movilización, de
contratación y transacción comercial, de religión, de política, del
derecho universal y nacional, establecidas para el desarrollo y
modernización de toda civilización humana. 

Lo informal sería el incumplimiento de esas normas y marcos jurídicos
establecidos, el incumplimiento de lo prometido por la palabra dicha 
o
escrita. Es el rompimiento de los contratos sociales. Un simple
contrato social universal es que en todas partes del mundo, cuando se
conduce un vehículo y la luz de un semáforo esta en rojo, usted debe
detenerse y pasar hasta que cambia a verde.

Si esto es correcto, se puede ver que entre más moderna y civilizada
una sociedad, menos se violan tales convenios, la promesa expresada 
en
palabra escrita o verbal, acuerdos, contratos, convenios o leyes. 
Como
se dice popularmente: ?el respeto al derecho ajeno es la paz?.

Un parámetro de medida de cuan informal o formal, o en otras 
palabras, cuan civilizada  es una sociedad, es anotando cuantas veces
por cuarto de hora los vehículos se pasan en rojo un semáforo, o
cuantas personas se saltan la fila de espera.

Si hiciéramos un balance entre lo formal e informal de la sociedad
hondureña, se quedaría muy mal con respecto a otras naciones del
mundo. Lo que reina es un nivel sofocante de informalidad. 

El Presidente de la República, máxima autoridad formal del gobierno,
es desobedecido  por sus asistentes de confianza. Estos a su vez son
desobedecidos por sus empleados. Muchos diputados del Congreso,
quienes hacen las leyes, obvian las mismas si su obediencia les 
afecta
sus intereses particulares. Algunos actores importantes del cuerpo
judicial  inclinan la balanza de la justicia cuando le conviene a su
partido político o sus dirigentes. Lo peor es cuando los responsables
de vigilar el cumplimiento de las normas establecidas, se convierten
en parte de los violadores de la formalidad establecida.

Desde luego, si los ?padres y madres? de esta gran familia dan el mal
ejemplo, los hijos son sus mejores imitadores. Es sencillo 
confirmarlo
cuando se ven los autos del gobierno violando las reglas del tránsito
vehicular. Hacen eso y muchísimo más dentro del ambiente informal no
importándoles la institucionalidad democrática.

Es por esta razón que a la prensa honesta no le es difícil encontrar
cada semana un acto de corrupción relevante. Se navega sobre un mar 
de
informalidad política, social y económica. Por ello no importa si un
98.5% de la población no conoce la Constitución, los Convenios
Internacionales y las leyes secundarias. Lo que vale es lo que
establece el poder informal  cada día y a cada momento del libre
comercio, el poder político, el buen vestir, el acaudalado y el 
conductor de un flamante vehículo, el título académico (aunque sea
falso) y hasta el ignorante policía con un arma al cinto. 

La Constitución establece de donde debe emanar el mando 
administrativo del Estado, pero es todo el juego informal entre los
grupos políticos de poder, muchas veces corruptos, quienes definen
para donde se dirigen los asuntos cruciales de la administración
pública. 

No son los directores de entes contralores y fiscalizadores los que
determinan a qué corrupto llevar a juicio y ni son muchos los jueces
quienes determinan quién es el culpable verdadero, son esos actores
informales, tras bastidores, los verdaderos ?jueces? y manipuladores
en este mundo cundido de informalidad. Es así como se han decidido 
las
ejecuciones sumarias extrajudiciales, las torturas, el contrabando de
madera, de gasolina, sangre, medicina y otras tantas barbaries contra
el pueblo.

moavila@cablecolor.hn