Macroscopio
LA SALMONELOSIS Y EL FDA
Ramón Villeda
Bermúdez
La Oficina de Alimentos y
Medicamentos de Estados Unidos (FDA, por sus siglas en inglés) ha sido
considerada una respetable dependencia del gobierno norteamericano que
vela por la salud y hasta ahora no se ha visto involucrada en
deliberadas acciones incorrectas con propósitos políticos. De suceder
algo así, sería tan escandaloso como para poner fin a su honorable
imagen.
Las agencias noticiosas la responsabilizan por
haber informado al mundo que se habían detenido algunos embarques de
melones procedentes de Honduras sugiriendo que varios casos de
salmonelosis, descubiertos en Estados Unidos y Canadá, se habían
producido por haber comido esas frutas de origen
hondureño.
Esa determinación publicitada por la portavoz
Stephanie Kwisnek le ha producido un millonario daño económico a la
compañía hondureña productora y exportadora de frutas, a los millares de
empleados afectados de la empresa melonera, y ha perjudicado la imagen
de Honduras, que se siente orgullosa de tener una creciente e importante
empresa privada que por más de treinta años ha sabido producir con
calidad siguiendo puntualmente las normas y exigencias sanitarias del
mercado estadounidense supervisado por el FDA. Otros mercados
internacionales, como el europeo, conocen la calidad de la fruta
hondureña.
La salmonelosis es una enfermedad muy común en
los animales y en el ser humano. Sólo en Estados Unidos –donde se supone
que se observan rigurosamente las medidas sanitarias- en 1980 se aisló
el agente causal de la enfermedad, la salmonella, en más de treinta mil
personas. Para entender la complejidad de esta bacteria móvil que
produce severos cuadros gastrointestinales, basta decir que del género
Salmonella existen más de 203 especies y entre éstas
hay más de dos mil cepas
(serovariedades).
Los alimentos de origen animal, como las carnes
de pollo, cerdo, res, pescado, huevos y leche, son los más directamente
involucrados. Rara vez se considera que las frutas pueden tener
salmonelas pero, en junio y julio de 1991, en Estados Unidos y Canadá se
reportó un brote de enteritis que afectó cuatrocientas personas que
consumieron melones contaminados por Salmonella poona, un
serotipo relativamente raro. Hoy el FDA nos habla de la
Salmonella litchfield, también rara y –hasta donde
sabemos- no reportada en Honduras.
Creemos que el antecedente de 1991 es el que
orientó hoy al FDA a informar irresponsablemente, sin haber
encontrado la bacteria, sin realizar pruebas de laboratorio y sin
hallazgos en los contenedores o en las frutas, que los casos de
gastroenteritis recientes se deben al consumo de melón hondureño; pero
sucede que el melón cultivado tiene escasísimas posibilidades de
contener salmonelas.
Las frutas expuestas a las salmonelas son
aquellas –como los mangos o las ciruelas- que caen del árbol sobre las
heces de quienes defecan en el campo al abierto, o las frutas que son
manipuladas por personas que no se lavan las manos después de defecar o
tocar excretas de niños con diarrea por salmonelas. Las aguas y suelos
contaminados con salmonellas son otro riesgo, pero ese no es el caso de
nuestra producción industrial
melonera.
Si analizamos la información norteamericana
recibida, de los cincuenta enfermos por salmonelosis en dieciséis
estados norteamericanos, y nueve en Canadá, sólo dos personas
habían consumido melones. No se necesita ser un Sherlock Holmes para
descubrir que las precipitadas conclusiones del FDA andan más perdidas
que un piojo en peluca.
Puesto que el FDA es una dependencia del gobierno
de los Estados Unidos, corresponde a sus autoridades reparar el error.
Esperamos que en este año electoral los políticos estadounidenses no
traten de disimular su error buscando subterfugios para justificar la
decisión irresponsable de haber divulgado al mundo que no debía
consumirse el melón hondureño, sin haber realizado previamente las
investigaciones que procedían.
El FDA ya ha debido disculparse en otras
oportunidades por sus juicios erróneos. En lo fitosanitario ha cometido
equivocaciones con México, Guatemala, Chile y Honduras. Después envía
una nota de disculpas, cuando el mal ya está hecho. Por eso algunos
periodistas y gobiernos han pensado que se trata de un mal intencionado
ardid político. En el caso hondureño, me inclino a suponer que estamos
ante jóvenes e inexpertos investigadores del FDA que se consideran
presionados por la voz acusadora de los consumidores norteamericanos, y
se sienten obligados a buscar culpables donde sea, sin importarles el
daño que hacen al opinar oficialmente con ligereza. El antecedente de
los melones en 1991, les vino como anillo al dedo para
inspirarse.
Con los nuevos medicamentos, el FDA también se ha
equivocado en otras oportunidades cuando, sin haber agotado la
investigación, ha liberado a la venta pública algunos fármacos que
producen dañinos efectos colaterales en los riñones, hígado, cerebro y
corazón o, como en el sonado caso de la Talidomida consumida por mujeres
gestantes, ocasionó el nacimiento de niños sin
brazos.
Esos errores han causado multimillonarios
reclamos en los tribunales estadounidenses. Por la festinada forma en
que se ha manejado el asunto de los melones hondureños, urge una
responsable rectificación y compensación a nuestros
meloneros.
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